miércoles, 14 de abril de 2010

Vengo de los profundos lagos

donde el dolor antiguo se remansa,

procedo de la tierra agreste y humilde,

de la auténtica y serena corteza del olivo,

soy la esencia destilada del esfuerzo,

la piel curtida por el sol que empuña el arado.


Vengo tatuado de tristezas, ebrio de melancolía,

recosido y suturado de desengaños y traiciones;

soy el fruto silvestre, la rama que no cede al vendaval,

ni se rinde al fuego devastador.


Todo mi paisaje está erosionado de cicatrices

y certidumbres desoladas.


Vengo con la mirada perdida en lo imposible,

con el corazón aletargado por siglos de ausencia y sequía.


Vengo,

o venía de paso,

como el ave que migra su trémula tristeza

hacia los inhóspitos pantanos del olvido.


Y tú,

luz cálida de octubre,

pequeña,

divina criatura constelada de ternuras imprevistas,

bálsamo que todo lo alivias,

sonrisa del aire que yergue mi esperanza;

tú y tus ojos como universos infinitos de paz.


Me has peinado las alas,

me has perfumado el corazón

y le has dado licencia a mi alma, a mi voluntad

para ser y existir.


Tú has escrito con la luminosa y sagrada saliva

de tus besos de incendio,

la palabra felicidad en mi frente.

1 comentario:

  1. ¿Por qué esta, precisamente, la que más me conmueve, no tiene título?

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