Vengo de los profundos lagos
donde el dolor antiguo se remansa,
procedo de la tierra agreste y humilde,
de la auténtica y serena corteza del olivo,
soy la esencia destilada del esfuerzo,
la piel curtida por el sol que empuña el arado.
Vengo tatuado de tristezas, ebrio de melancolía,
recosido y suturado de desengaños y traiciones;
soy el fruto silvestre, la rama que no cede al vendaval,
ni se rinde al fuego devastador.
Todo mi paisaje está erosionado de cicatrices
y certidumbres desoladas.
Vengo con la mirada perdida en lo imposible,
con el corazón aletargado por siglos de ausencia y sequía.
Vengo,
o venía de paso,
como el ave que migra su trémula tristeza
hacia los inhóspitos pantanos del olvido.
Y tú,
luz cálida de octubre,
pequeña,
divina criatura constelada de ternuras imprevistas,
bálsamo que todo lo alivias,
sonrisa del aire que yergue mi esperanza;
tú y tus ojos como universos infinitos de paz.
Me has peinado las alas,
me has perfumado el corazón
y le has dado licencia a mi alma, a mi voluntad
para ser y existir.
Tú has escrito con la luminosa y sagrada saliva
de tus besos de incendio,
la palabra felicidad en mi frente.

¿Por qué esta, precisamente, la que más me conmueve, no tiene título?
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